Mi pequeño homenaje a la gran Carmen Balcells

Pequeño homenaje desde el mundo de la traducción a Carmen Balcells

García Márquez la llamó: «La Mamá Grande». Así era ella, una mamá, amorosa y estricta, de las que saben cómo mostrarte el camino y soltarte de la mano para que lo andes solo, con la confianza de que no deja de observarte e impulsarte.

Carmen Balcells nos ha dejado y nos sentimos huérfanos. El mundo de la literatura iberoamericana se ha quedado sin su mayor defensora. Yo me he quedado sin una de mis grandes mentoras. Carmen Balcells, querida por todos los escritores, así como por los traductores, siempre defendió los derechos de los autores frente a las editoriales y logró grandes cambios y auténticas mejoras. Vargas Llosa escribe en su crónica de despedida a Carmen en El País: «Carmen Balcells revolucionó la vida cultural española al cambiar drásticamente las relaciones entre los editores y los autores de nuestra lengua. Gracias a ella los escritores de lengua española comenzamos a firmar contratos dignos y a ver nuestros derechos respetados».

De su labor y su persona, Gustavo Martín Garzo también dijo: «Cuando empezó era un momento en el que los escritores frente a los editores estaban en absoluto desamparo. Fue ella la que empezó a cambiar todo eso. Se puso de parte del autor y defendía con uñas y dientes esos intereses. […] Cenabas en su casa con otros escritores, era un mundo en el que estaba muy presente lo personal. Una visionaria, un ser lleno de fantasía pero con un sentido práctico impresionante».

En todas las crónicas que he leído acerca de su partida, los autores hablan invariablemente de ese lado humano tan entrañable de Carmen. Eduardo Mendoza escribió en el ABC: «Nunca dejé de cumplir a ciegas los consejos que me daba, en el terreno literario y, sobre todo, en el terreno personal. Y puedo asegurar que Carmen ha intervenido en los momentos más importantes de mi vida».

Yo no he ganado ningún premio de literatura ni soy ninguna personalidad pública, pero tuve la gran fortuna de conocerla, de quererla y de que también interviniera en momentos muy importantes de mi vida, dejando huella para siempre.

La conocí cuando era adolescente. Acababa de instalarme en Barcelona con mis padres. A mis catorce años, cuando nos trasladaron a la India, ella me dio un consejo que siempre agradecí: «Cuando estés en India, estudia lo más raro y lo más loco que se te pueda ocurrir». Al terminar el colegio, me quedé un año sabático en Delhi y decidí seguir su consejo. Entre tantas cosas que la India ofrecía, tantos idiomas, artes y filosofías, tuve oportunidad de estudiar un curso de idioma tibetano, y lo hice porque, en efecto, me pareció lo más loco y raro que podía encontrar. Ese consejo resultó abrirme la puerta a una filosofía y a un mundo que cambiaron mi vida para siempre. Después, cuando regresé a Barcelona para cursar mis estudios universitarios, ella me ofreció el mejor trabajo del mundo. Consistía en hacer un archivo electrónico de todos sus libros, organizarlos por idiomas, por orden alfabético y dejarlos con un aspecto impecable en su gran piso de la Avenida Diagonal. Pasé dos años organizando aquella maravilla. Confieso que fue la época de mi vida en la que más leí porque yo misma administraba los préstamos bibliotecarios que me autoconcedía. Eso sí, ¡los libros siempre volvieron a su estantería y en buen estado! Trabajar en su casa era una auténtica aventura. Cualquier día sonaba el timbre y, si Flori andaba ocupada atendiendo a Carmen, yo abría la puerta y recibía a visitantes imprevistos como Manolo Vázquez Montalbán. El último año que trabajé en la agencia, lo hice abriendo un auténtico tesoro que venía lleno de arena del Sahara. Tras la muerte de Paul Bowles en Tánger, cientos de cajas con sus libros fueron a parar a un gran loft en Gracia, en donde me di a la tarea de abrirlas, limpiar los libros y hacer el archivo electrónico de todo aquello. Cuando ya estaba por acabar, un gran pintor español, cuyo nombre no pudo citar, vino a ver los libros pues iba a adquirir aquél increíble acervo…

Cuando ya había terminado la universidad, poco antes de dejar Barcelona, fui a comer a su casa. Ese día Carmen llevaba puesto uno de sus vestidos blancos y se había colgado una cantidad de collares de mãe de santo del candomblé que alguno de sus escritores brasileños le había regalado. La imagen quedaría grabada por siempre en mi memoria porque representaba todo lo que ella era para mí: una guía, una maga, una mujer de sabiduría.

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Pasaron muchos años antes de que la volviera a ver. En 2013 la visité en Barcelona de nuevo. Charlamos y reímos durante un largo rato que se me fue volando. En aquel entonces, yo llevaba ya seis años haciendo carrera como traductora autodidacta. Confiaba poco en mí y dudaba aun más de mi destreza como traductora profesional. Jamás hubiera imaginado que Carmen me preguntaría acerca de mi trabajo en esta profesión ni mucho menos que me haría pasar una prueba de traducción con el primer cuento del libro «Amalgama» de Rubem Fonseca. Tardé dos semanas en lograr vencer los nervios y sentarme a hacer la prueba. No podía creer que me estuviera dando esta oportunidad y temía que mi trabajo no estuviera a la altura. Sin embargo, el veredicto de Carmen fue tajante. Me escribió un breve, pero contundente correo en el que decía: «Tu traducción de Fonseca es muy buena. Mándame todo lo que tengas, que quiero enviar al editor el texto portugués ya acompañado de tu traducción».

Una valoración tan sencilla que impulsó mi carrera y me enfrentó a uno de los mayores retos de mi vida, pero que sobre todo me dio lo más valioso y difícil de obtener: confianza en mí misma y en mi potencial.

Este año, en julio, volví a visitar a Carmen. Le conté lo que había pasado después de que me encargara traducir el libro de Fonseca. Le conté cómo su evaluación de mi trabajo me había hecho creer en mí y de repente empecé a tener más y más trabajo, hasta el punto de poder darme el lujo de escoger los proyectos y los clientes, de tener acceso a mejores condiciones laborales y, finalmente, a una mejor calidad de vida. Ella, con toda la naturaleza y simplicidad del mundo, sonrió bellamente y dijo: «Así que yo te he traído suerte». Solo pude mirarla con todo el agradecimiento y cariño que se puede sentir por alguien que cree en ti, te impulsa y no trata de adjudicarse mérito alguno por ello.

Ella no solo me dejó traducir a uno de los grandes como Fonseca ―y pagó una buena tarifa por el trabajo― sino que me hizo firmar un contrato por los derechos de la traducción con un porcentaje de las regalías, que jamás imaginé ni esperé conseguir.

Sé que es una pequeña historia de tantas y tan notables que existen sobre ella, pero es enorme para mí y me honra poderlo compartir con vosotros.

Esta noticia ha estado motivada por la pérdida de esta increíble mujer, y aunque es un acontecimiento que me llena de tristeza, el día de su partida estuve en silencio y en calma, extrañamente concentrada en el convencimiento de que sí es posible dejar algo bueno en este mundo. Quizá no podamos cambiar el mundo por completo, pero sí realizar nuestra contribución a uno de los ámbitos de la vida humana, como ella lo hizo en el de la literatura.

Gracias infinitas, Carmen. ¡Hasta siempre!

Berenice

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Una mención especial a mi colega y amiga, María Alonso, quien tuvo la generosidad de corregir mi artículo el mismo día que lo escribí.

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